En estas Navidades, aprovechando el parón futbolero, se abrió un hueco para darle a los pedales durante 60 km, desde Oviedo hasta Trubia y desde Trubia, Senda el Oso adelante, hasta un lugar indeterminado, bastante más allá de Proaza. Fueron los protagonistas de esta aventura quien escribe, más Berto y Davo, que se apuntan a un bombardeo con tal de tener actividad y hacer algo emocionante. Uno no está para jugar al balón con ellos pero todavía les puede dar un machacón si se trata de la bici.
Los partes aseguraban temperatura adecuada, entre los 11 y 14º, y, los más importante, aseguraban que la lluvia no iba a aparecer. Así pues, con todo a favor, según lo previsto nos pusimos en marcha a la hora señalada, las 11,30 de la mañana. Sabíamos de antemano que atravesar Oviedo para coger la senda por la que haríamos el primer tramo de nuestro recorrido, no iba a ser nada fácil. La bicicleta combina mal con los coches y no está bien vista por la gente que quiere caminar tranquilamente por las aceras. Recientemente Oviedo ha empezado a desarrollar un proyecto de promoción de la bicicleta, con señalizaciones de “Zona 30”. Se busca un cambio de filosofía en cuanto a los desplazamientos por la ciudad. Se plantea que todo el espacio urbano está abierto para la bici. Aunque en algunas calles del centro ya se han puesto las indicaciones, de momento el plan es algo que está en papeles y poco más. Después de tantos años en los que nadie se acordó de la bici, y cuando ya se había extinguido su utilización en la ciudad, va a costar dios y ayuda cambiar de mentalidad. Habrá que darle tiempo pero, hoy por hoy, hay que ser muy valiente para lanzarse a unas calles estrechas, diseñadas para que sólo un vehículo entre en ellas, y con unos adoquines laterales que dan pánico al ciclista; hay que ser muy osado para disputar el espacio de las aceras a unos peatones que ya de por sí tienen que sortear todo tipo de mobiliario urbano, bancos, jardineras, árboles, monumentales farolas que con sus bases de granito ocupan bastante más de lo que debieran... Pues bien, con todo esto encima, hemos hecho nuestros 4 km de travesía urbana hasta el Parque de Invierno como hemos podido. Es decir, por tierra, mar y aire; mejor dicho, por calles, aceras, por pasos de cebra, a pie o dando pedales, esperando el semáforo en verde o aguantando la presión de algunos coches que metían el morro intentando quitarnos de en medio.
Una vez en la senda que lleva a Fuso de la Reina todo fue coser y cantar, tan simple como dar pedales y dejarse llevar, más cuando este tramo tiende a descender. El rodar ya se hizo absolutamente inmejorable cuando al alejarnos de Oviedo fue desapareciendo la gente que sale a caminar por esta zona. Yo marcaba el ritmo y la seriedad. Berto y Davo a lo suyo: risa tras risa. “Mucho ha cambiado la calle Uría”, “esto de la bici es una broma”, “dar pedales no cansa”. Es lo que tiene la edad heroica, todo es fácil, todo está chupado. Unos túneles, unas voces, unas pruebas de eco... y pronto aparece a la derecha la vega por la que el Nalón comienza a ensancharse camino de Las Caldas. Por un antiguo tramo rural asfaltado, descendimos rápido hasta el mismo nivel del río. A la altura de una pequeña central térmica en la que chirriaban sus bovinas como si tuvieran alguna dolencia, atravesamos el río por un puente colgante, de unos 75 m. Cierto “ui ui” se oyó al pasar por un tramo de chapas mal ancladas a la base, probablemente como consecuencia del golpe de algún árbol arrastrado por la corriente en una de las últimas crecidas. “Yo me agarro al cable y me olvido de la bici: y mañana la recojo en Muros de Nalón”, se oye decir detrás de mí. No era para tanto, pero las chapas estaban inclinadas. Seguimos paralelos al río durante un trecho. Algunos bordes del camino están descarnados, con trozos que se ha llevado la corriente. Muy cerca de Las Caldas, al llegar a la carretera, cogimos a la izquierda, camino de Caces, dirección Trubia. Pasamos a la altura de Casa Eleuterio y juro que no paramos ni a tomar un café ni tan si quiera una coca-cola. Este tramo hasta Trubia es una carretera estrecha, de las de antes, de cuando apenas había coches y los coches eran pequeños y corrían muy poco. Hoy se anuncia como una senda mixta por la que transitan peatones y vehículos. No encontramos ninguno. Prados y bosques se alternan. El río baja con ganas, las orillas tienen troncos y árboles caídos; es un paisaje bastante desolador, en contraste con el bullicio que trasmiten las burbujas de espuma brillante que forma el agua al chocar con los cantos del fondo del río. Botellas, bolsas de plástico, trapos... y otros deshechos jalonan las orillas. Para mis acompañantes es la bisutería fina de la que presume la naturaleza. Una plantación de kivis, con evidentes muestras de destrozos, es la prueba evidente de la seriedad del Nalón cuando se desborda.
La proximidad de Trubia se huele. Los olores de la Química es el precio que pagamos por el desarrollo, y por la riqueza del carbón de esta tierra. Atravesamos la histórica y apagada localidad en un recorrido fácil, sin tráfico. Bordeamos todo el perímetro de la fábrica. Las instalaciones militares, con sus edificios decadentes, se extienden durante varios Km al otro lado de la carretera principal. Y pronto, casi sin darnos cuenta: el paraíso: la Senda del Oso: otro mundo. Una hora y 30 minutos de recorrido, 24 Km que apenas se notan en las piernas. Los jóvenes vienen detrás. Son como cachorros. Yo marco el camino y pongo el ritmo. Ningún intento de ataque y menos aún de fuga. Todo va bien. Por un terreno en ligero ascenso, mantenemos un ritmo de 17-18 km/h. Es un falso llano de esos en los que la bicicleta pesa. San Andrés, Tuñón.... Todo va sobre ruedas. Unas ovejas pastan y un par de mastines contemplan nuestro rodar redondo sin inmutarse. Unos gatos salen de la esquina de un antiguo molino a ver quién viene. Unos kilómetros más arriba, una ardilla está de faena en medio del camino, da un salto y se sube a un tronco del borde. Se queda allí. No vemos a ningún ciclista, de vez en cuando nos encontramos con algún caminante. “¿Dónde están los osos?”, nos pregunta uno. “¿Los osos?, en el monte”, dice uno de mis pupilos. Poniendo un poco de seriedad, le contesto al señor que aun le quedan cinco o seis km... Nosotros los hacemos enseguida. Sobre la marcha, sin parar, vemos que uno de los osos da vueltas al perímetro de su alambrada. De los otros nada se puede decir, no aparecen por ningún lado. Quizá será que están hibernando, o que se han ido de vacaciones o sencillamente que se han fugado, van comentando animadamente mis acompañantes. "Ni rejas ni fronteras", matiza uno de ellos. Nuestro trayecto continúa. Ya han caído 37 km. Empiezan las primeras dudas sobre la conveniencia de alcanzar nuestro objetivo inicial de llegar a Teverga. Más que controlar los km nos interesa controlar las horas de luz. No llevamos ni una simple linterna para hacernos ver. No somos unos ciclistas caracterizados por la buena logística. Solo hay que ver el casco natural de que llevan los chavales. Ya les he dicho que es la última vez que salimos en esas condiciones. Aún no hemos comido y son casi las tres de la tarde. Decidimos avanzar unos km más. Pasamos varios túneles. Primero uno corto y después otro algo más largo y, por fin, para darle emoción, uno superlargo. Se hace difícil mantener el equilibrio cuando la iluminación es prácticamente nula: solo la luz que se ve al final funciona de referencia para mantener el equilibrio. Se tiene la sensación de que uno va en barco, a merced de los golpes de mar o de los baches que hay en el camino. Salimos y “¡coño, se ha hecho de día de repente!”, dice uno de los dos con una voz que se pierde a nuestras espaldas en la oscuridad del túnel. Nos quedan unos Km para la meta. Al coger la dirección de Teverga, en unos pradinos de solana donde pastaban unos terneros muy jóvenes, de esos que dan fama a la carne de la zona, el apetito se dispara y, allí mismo, contemplando aquel paisaje bucólico y pastoril, cien por cien bovino, decidimos sin más sentarnos a comer nuestros bocadillos, en las mismas piedras del muro del camino. Prados de hierba tierna, manchas de bosque que resultan oscuras a contraluz, y arriba los peñascos de caliza, casi pegados al cielo, un cielo azul lleno de manchas blancas de las nubes.
La vuelta, fácil. Manta y carretera, que se rueda mucho mejor. Y sin ningún peligro, pues apenas circulaban coches. Eso sí, en el trayecto paradas discrecionales en todas las máquinas de chucherías que encontramos: en Proaza, en un bar, en una gasolinera.... Todo con la sana intención de reponer fuerzas. Y es que estos jóvenes son como máquinas. Y para contarlo todo, por último, como Trubia es una ciudad militar, se produjo un asalto definitivo al supermercado de la localidad, para hacer un botellón de zumos, refrescos y bebidas isotónicas de forma itinerante en el trayecto del tren que poco después cogeríamos para volver a nuestro punto de partida, el barrio de La Corredoria.
Eso fue todo. Estupendo. Habrá que intentarlo más veces.




















Para todos los amigos que se asoman a esta venta mi más sincero deseo de que el 2011 sea un año plenamente venturoso.