
Uno ya tiene sus años y en consecuencia puede mirar ciertas cosas con perspectiva. Desde finales de los 50 la Ría de Avilés se fue trasformando en un puerto industrial para dar servicio a ENSIDESA (en la actualidad Arcelor), como se sabe una enorme fábrica del acero y de otros productos metálicos imprescindibles para muchos procesos industriales y de acabado. Al amparo de ENSIDESA, pronto se fueron instalando en el mismo entorno de la Ría otras empresas de gran importancia: Cristalería Española, Asturiana de Zinc, Alcoa...


Cuando todavía la preocupación por el medio ambiente y las exigencias del crecimiento sostenible no se contemplaban, Avilés se convirtió durante varias décadas en un lugar ruinoso para cualquier tipo de vida. Yo he visto cómo se fue levantando un paisaje industrial demoledor: una playa entera que desapareció bajo un manto negro y pastoso; chimeneas que competían en altura y contaminación; trasiego infinito de trenes y camiones con sus bobinas; ruidos metálicos, rugido de las baterias; óxido, carbon, azufre, una masa de aire entre amarilla y ocre que casi se podía tocar con las manos.
Después de los años, es sobrecogedor volver a pasear por la zona y comprobar lo mucho que se ha recuperado todo. De nuevo la playa es de arena y el agua parece agua y ya no tiene aquellos hilillos de colores del fuel oil. El paisaje se ha transformado por completo e incluso, de vez en cuando, ya se ven a algunos pacientes pescadores atentos a sus cañas

De todas formas, mucho me temo que Avilés sigue pagando un precio por su actividad industrial. La ecuación no es simple. Sus gentes lo necesitan. Y todos lo necesitamos: de alguna forma, o de muchas, todos estamos metidos en esta modernidad.








